Mercedes Valdeón

Investigación y Misterio


BENDITOS POETAS MALDITOS. PEYO YÁVOROV.

 


Enero 2018. Texto y dibujos: Mercedes Valdeón. 

Al hombre de trágico destino que hoy quiero presentar, se le considera un romántico, aunque Peyo Yávorov, fue mucho más que un poeta de los grandes…

 No pocos expertos  han atribuido la época romántica de la poesía a una reacción contra la Ilustración y la Revolución Industrial, aquella que clama por un regreso del hombre a la verdad de la naturaleza.        Cansados de la lucha por la razón y la búsqueda de la verdad, los románticos deciden desechar todo y abrazar exclusivamente la belleza.

 La poesía romántica aborda - prioritariamente- el amor apasionado, el amor trágico e imposible sin barreras ni freno, aquel que desemboca ineludiblemente en un fatal destino. La muerte. Única forma de escapar a la dura realidad. La liberación del alma. La sociedad establecida y la vida política, se cuestionan con una crítica desdeñosa, expresando la intención de librarse, de huir de cualquier norma impuesta. 

Distinto es el caso que hoy nos ocupa. Porque nuestro poeta maldito lucha, es cierto, desde las trincheras de la literatura contra el poder establecido, pero también lo hace en el frente de batalla y en los foros políticos más agrios, participando en el movimiento nacional de Bulgaria por la Liberación de Macedonia y en la Guerra de los Balcanes (1912 - 1913)

 En enero de 1878 -hace 140 años - en la ciudad de Chirpan, nace Peyo Krachólov Yávorov, uno de los más grandes poetas búlgaros. En la poesía búlgara no existen poemas de amor más bellos.

Es autor de más de 160 poemas, recogidos en tres libros de poesía, traducidos a más de 20 idiomas, incluyendo el español, ruso, bielorruso, ucraniano, polaco, checo, alemán, inglés, armenio, japonés, chino, italiano, francés, rumano y otros. Está considerado uno de los fundadores del Simbolismo en la poesía búlgara.

Hay pocas personas de destino tan trágico como el suyo.


A la edad de siete años, Peyo empezó a escribir poesía. En la escuela secundaria masculina de la región, sus obras causaron la admiración del profesor de literatura quien le dijo: “Joven, usted no es como los demás, tiene un don de Dios”.

Ante la insistencia de su padre, que creía que los hombres debían ganar dinero y las mujeres debían cuidar del hogar, Peyo abandonó los estudios. Empezó a trabajar como telegrafista en Pomorie. No obstante, su pasión era la poesía. Así, en 1901, en Varna, se publicó un libro de poesía que incluía sus obras "Kaliopa", "Granizada" y "Armenios", entre otras emblemáticas de la literatura búlgara.

En 1902, Yávorov marchó con el grupo de Mijail Chákov a luchar por la liberación de Macedonia que había quedado bajo el dominio otomano. “Le teníamos como un dios”, escribió más tarde Chakov en sus memorias. Tódor Ivanov añade: “En 1903, estuvo luchando en Macedonia con el destacamento del revolucionario independentista Gotze Délchev. Después de la derrota de la sublevación de 1903, con miles de víctimas y de la muerte de Gotse Délchev, Yávorov cayó en una profunda crisis". 

Escribió la biografía de Gotse, publicada en 1904. Compuso otro libro de poesía en cuyo prefacio el gran poeta búlgaro Pencho Slaveikov escribió: “La poesía de Yávorov no es para los bobos”.

El gran amor de Yávorov fue Mina Todorova, a quien conoció por ser hermana del escritor Petko Todorov, su compañero de tertulia literaria. Yávorov, arrebatado por aquella belleza y por la juventud de sus dieciséis años, le dedicó la singular poesía “Dos ojos lindos”.

 


Casi como si de una maldición se tratara y pese a que era colega de su hermano –tal vez precisamente por ello- la familia de Mina dificultó todo lo que pudo su historia de amor y con la excusa de que la joven no se hallaba bien de salud, lograron arrancarla de sus brazos y se trasladaron a París, donde ella murió finalmente rozando los veinte años de edad, de tuberculosis. Peyo Yávorov dejó de escribir poesía.

 

Desolado, se fue a París y cada día de la segunda mitad del año 1910, se le veía pasear por el Bosque de Boulogne con un ramo de rosas rojas. Quería estar a solas con su amada -ya sin impedimentos familiares-, aunque estuviera muerta.

 

En 1908 Yávorov fue nombrado dramaturgo del Teatro Nacional de Bulgaria y era admirado y amado por todos, lo que le obligó a regresar a su tierra natal, aunque su corazón -por mucho tiempo- permaneció en París, enterrado junto al de Mina. 

El destino, sin embargo tenía otros planes para él. Un día en el que intentaba olvidar el largo tiempo que llevaba sin visitar la Ciudad de la Luz, durante una excursión en las afueras de Sofía, conoció a la hija del Primer Ministro Petko Karavelov, Lora. De impresionante y legendaria belleza.


Lora Karavelova acababa de regresar de un internado católico francés, era refinada y elegante, dominaba a la perfección cuatro idiomas, tocaba con maestría el piano y el violín, y dibujaba extraordinariamente.


Estaba comprometida -en contra de su voluntad- por deseo de su madre, con un hombre de poca personalidad, el doctor Iván Dryankov. Una paradoja más en ésta truculenta historia, puesto que la madre de Lora, Ekaterina Karavelova, es en la actualidad reconocida por su “lucha feminista”, mientras que -forzando la libertad de su hija- pactó un matrimonio de conveniencia sin ruborizarse. Cosas de la época, sin duda.

 El encuentro con Lora, impactó tanto a Peyo que, al regresar a su apartamento, escribió la poesía "Gemido".


Lora le perseguía con cartas y tarjetas, flores y telegramas -le acosaba-, pero él siempre conseguía evadirla.      Con la intuición mágica que suelen poseer los poetas, presentía que esa mujer le traería la desgracia.            No obstante, se rindió a su magnética personalidad e inconmensurable belleza y con la dura reserva de la madre de ella -ya viuda del prestigioso político- se convirtieron en la pareja de moda de Sofía. 

El 19 de agosto de 1912 contrajeron matrimonio. Su abundante correspondencia muestra la intensidad y pasión de su relación, convirtiéndose en un referente de la literatura epistolar amorosa.

En aquel entonces, Yávorov era representante de la Organización Revolucionaria Interna de Macedonia y Edirne, y según Todor Ivanov: “En su piso guardaba las armas, los sellos y el dinero de la organización”.


Mujer de temperamento tempestuoso, Lora era extremadamente celosa. Sentía celos patológicos, incluso de la difunta Mina. Y el comportamiento “liberal” de Peyo, conseguía llevarla frecuentemente al paroxismo.

Un fatídico día, acudieron de visita a casa de unos amigos de la familia. Durante la reunión, Peyo fue halagado por una joven admiradora. Lora recriminó a Yávorov su condescendencia con la muchacha  y -sin contenerse- ambos formaron uno de sus habituales y espantosos escándalos, tanto públicos como privados que, lamentablemente, acabaría siendo el último.

El 30 de noviembre 1913 a las dos y media de la madrugada, Lora tomó la pistola de Yávorov y con un gesto brusco se disparó en el corazón. Desesperado, completamente enloquecido por la angustia y la culpa, Yávorov se disparó en la cabeza con la misma pistola, pero no murió, solo quedó ciego. 


La madre de Lora, resentida desde el principio contra Peyo, no creyó en el supuesto pacto de suicidio entre ambos. Le acusó públicamente de ser su asesino. Todo se derrumbó para nuestro poeta. Le despidieron del Teatro Nacional y quedó sumido en la más absoluta oscuridad del alma y en la ruina. El siguiente año fue para él de constante agonía. La gente que antes le admiró y amó, ahora le odiaba. Bulgaria le daba la espalda.

Yávorov confesó a los pocos amigos que le quedaban: “Les juro por los huesos de mi madre, que no he matado a mi querida Lora, la realidad acabó con ella”.


El 29 de octubre de 1914 Yávorov, rendido su espíritu luchador de poeta, se suicidó de un tiro en la cabeza y para evitar nuevas burlas del destino, ingirió un veneno que no le permitiera escapar de la muerte.

Miles de personas acudieron a su entierro. Su atribulada alma, debió descansar al ver que le enterraron al lado de su amada.     El crítico literario Boyan Penev proclamó ante su tumba: “Ahora no nos damos cuenta qué hemos perdido. Pasará una decena de años, o todo un siglo antes de que los búlgaros comprendan que hemos perdido a un genio”. 

Y -trágicamente- así fue.

            En el centro de Chirpan, su pueblo natal, se encuentra la casa museo “Peyo Yávorov” donde residió hasta los 17 años. Allí pueden admirarse muchos de los recuerdos de su juventud.     Está incluida en la lista de los 100 lugares de interés turístico de Bulgaria. 


Peyo Yávorov escribía:

Y ante mí te detendrás,

en las estrellas, resplandecientes, incomprensibles, 

en las flores, serás secreta, aromática… […]

 Ante mí, ángel, te presentarás 

¡oh felicidad y alegría! 

¡oh felicidad y eterna alegría,

Como un vampiro sobre mí te detendrás,

¡oh felicidad y tristeza!

¡oh felicidad y tristeza, y desgracia!

 Yo no vivo: yo ardo. Inconciliables

dos almas rivalizan en mi pecho: 

un alma de ángel y otra de demonio. En mí 

respiran fuego y su ardor me abrasa. 

 Y arden las dos con llamas, donde toco 

aun en la piedra, oigo latir ambos corazones…

Siempre los dos, en todos sitios, obsesivamente 

con rostros enemigos se consumen hasta hacerme brasas. 

 Detrás de mí el viento, a donde vaya, 

mis huellas con ceniza cubrirá. ¿Quién podrá conocerlas?

Solitario, yo no vivo, ¡ardo!, y mi rastro 

será ceniza en el sombrío infinito.

 

 

MOTIVOS DE OTOÑO IV

 Callada noche y tinieblas pavorosas...

En ningún sitio luz ni sonido:

casi toca el suelo,

tan bajo pende, el firmamento.

El espíritu sufre angustiado,

la mente vaga a ciegas...

Oh, Dios, manda una estrella

y una voz, ¡aunque sea de un pájaro nocturno!

 

De Peiu Yávorov, Viento de medianoche. Prólogo y traducción del búlgaro de Juan Eduardo Zúñiga. Madrid,  Ayuso, Endymion, 1983